martes, 10 de junio de 2014

Nunca digas adiós.

-No digas «adiós», es «hasta luego»-. Me dijo con la voz temblorosa por todas las emociones encontradas mientras con su mano izquierda acariciaba mi cuello, apenas con las yemas de los dedos.
Le miré a través de las lágrimas que querían escapar, pero yo no las dejaba. No podía llorar, no más.
Entonces, intentando esbozar una sonrisa con todo el dolor del mundo fui alejándome del calor que provocaban esos escasos roces en mi piel. La humedad en mis ojos se sustituyó por un temblor incesante en mis manos. Respiré hondo tres veces, pausadamente, me armé de valor, alcé la vista y mis ojos se encontraron con los suyos, como si de unos imanes se tratasen. Carraspeé para aclararme la garganta, de esa manera mi voz aparentaría ser más fuerte de lo que en realidad lo era y con el alma destrozada en más de mil pedazos le dije:
-Adiós.

Isabella.
10 de junio del 2014.