lunes, 1 de abril de 2013

Algún día...

Allí está el, tan puntual como siempre. ¿Cómo lo hace? Y allí voy yo, llegando justo a la hora acordada, ni un minuto más ni un minuto menos. Bueno, lo reconozco, llegue cinco minutos antes, pero al verlo a él decidí hacerle esperar un rato.

Creo que si sigo así de nerviosa la vena que tengo en el cuello se me va a notar demasiado. Poco a poco, paso a paso me voy acercando a donde está el, y ya me ha visto y al sonreirá he visto sus dientes blancos perfectos. Pero que guapo él.

Cada paso que doy yo hacia él, y a la vez el hacia a mí siento como me voy poniendo más roja que un tomate, que raro de mi, ¿yo?, ¿roja? Nunca.

Ya estamos uno en frente del otro, no decimos nada solo nos remitimos a mirarnos a los ojos y cada vez y sin poder evitarlo vamos ensanchando la sonrisa un poco más y más, lentamente empiezo a ver cada detalle que le hace tan especial, un lunar, sus pecas, el remolino que se te forma en el pelo, como levantas una ceja y se empiezas a reír al darse cuenta que no le escuche y le acompaño entre risas.

Cada vez siento más el calor de tu cuerpo ya que ha puesto su mano derecha en mi mejilla izquierda, y como quien no quiere la cosa ese espacio que hay entre los dos lo va acortando. Ninguno de los dos cierra sus ojos, ninguno de los dos despeja su vista del otro. Únicamente nos separa, y como mucho, un centímetro de distancia pero no nos atrevemos a hacer nada.

Saboreamos el momento como si fuese la última vez, respiramos el aliento del otro y sonreímos como dos tontos.

Después de haber pasado unos minutos, para mi interminables, cerramos los ojos y todo desaparece, ya no siento su calor, al abrirlos solo veo el techo de mi habitación y escucho la canción del despertador.

Bonito sueño y a la vez, horrendo.

Algún día pasará, algún día ocurrirá, algún día...

1 de Abril del 2013
Isabella